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lunes, 10 de octubre de 2016

CRÍA CUERVOS



Como si hubiera sido ayer.

Me pongo la blusa nueva, esa que tapa lo que tiene que tapar, además con gracia, y no se me hace lorza, ni parece un trapo extendido para tapar un montón de patatas, ni parece que me lleva ella a mí. Me pongo el pantalón que recién me arregló mi madre (gracias, Maestra), con tan buena suerte que no lo reviento, y le desdoblo el bajo, que así con las cuñas que compré en las rebajas de verano me hace más alta. Me cuelgo un par de archiperres del cuello. Monos. Me pegan bien y las niñas se quedan picuetas mirando los pingajos pendulares. Me agarro la pelambre con unas pinzas nuevas que compré el día antes en ese mercadillo que quiere ser medieval pero se queda en pintoresco. Bonitas. Color oro viejo. Buena compra. Ya no hace tanto calor. Busco en el perchero de la entrada, que parece un stand de descatalogados, y encuentro una pseudo pelliza que compré al final-final de las rebajas del invierno anterior. Dos veces me la he debido de poner. Normal que ni me acordara de ella. Así, sin cerrar, pero con el cordón atado y los faldones asomando por debajo con decisión.

Así que me miro al espejo y por primera vez en casi tres años, repito, por primera vez en casi tres años, y no es broma, casi casi me parezco a un ser humano con su dignidad intacta, y hasta me parece buena idea echar a andar por la calle bajo el sol, y entrar y salir, y ponerme mis nuevas gafas cuando hay necesidad. Que sí. Que otra vez me hacen falta gafas. Qué se le va a hacer. Y lo monas que son. Anda que no ha cambiado el cuento. Con los horrores que llevaba yo en los tiempos históricos.

Caradefresa me mira a cierta distancia, hasta que decide que su deber como mosca congojera amante hija es intervenir. Se me arrima, y me hace agacharme hasta poner mi oreja a la altura de su boca.

- Mamá, no es por ofender, (pausa dramática) pero estás ridícula.
-   Yo también te quiero, hija mía.

Talmente su prima Candace reencarnada.

Y que luego digan que la preadolescencia es un invento de madres histéricas.



Hijas mías, algún día tenemos que hablar de lo que es ir ridículo/a

Bien está querer tener espacio personal en el autobús, pero esto es ridículo.

Bien está ser previsora y tener pantalones crecederos, pero esto es ridículo.

Bien está querer ir fabulosa, pero esto es ridículo.


No sabemos de qué nos hablas

No entiendo porqué me dices esas cosas, mamá.


Caradefresa, hija mía. Espero que también te copies todo lo que de bueno que tiene tu prima. Que es mucho.

Caradeadilla, hija mía. Lo mismo te digo, pero de tu otra prima.

Parejas de clones, eso es lo que son.




jueves, 5 de junio de 2014

LA BELLEZA ESTÁ EN EL INTERIOR



    
     La Princesa Caradefresa escruta atentamente el dibujo.

Siento que la imagen esté tan oscura. Clic para ampliar.


- “¿Lo entiendes, hija?

     Silencio. Más escrutinio.

-         Mamá, hay una mala
-         ¿Si? ¿Quién?
-         La del medio
-         ¿Cómo lo sabes?

     No se lo piensa ni un momento:

-         Se hace la guapa


     Yo no hubiera podido definirlo mejor.





      Hijas mías: os lo he dicho mil veces. Que la que es fea por dentro, no puede ser guapa por fuera. Que la belleza está en los ojos del que mira. Que la suerte de la fea la bonita la desea (¡al trabajo llaman suerte!). Que aunque la mona se vista de seda...


Por supuesto, el dibujo es del grandísimo Quino. Enhorabuena.


domingo, 27 de abril de 2014

LA VERRUGA ES BELLA



En medio de una bronca que se esta chupando la Princesa Caradefresa, de repente me mira atentamente, haciendo caso omiso del chaparrón que le está cayendo encima.  Escruta, arruga la naricilla y dice:

- Mamá te están saliendo verrugas.



Bella, bella, no es, pero al menos trae un cuervo de serie
 

Princesa Caradefresa, hija mía, no te dediques a la diplomacia.


jueves, 19 de septiembre de 2013

CITAS CÉLEBRES IV






Me encantan las metáforas de queso, tanto como las galletas hechas de verbos transitivos” (Bufford Van Stomm)


Estimado Epigrafista: ¿has trabajado alguna vez como guionista de dibujos animados?


Futuros hijos míos:  dado que, de acuerdo con la gramática moderna, no hay verbos transitivos e intransitivos, galletas de algo inexistente no os puedo hacer. Si os da igual, os hago metáforas de queso.


(P.S. Si, ya sé que os debo lo de la boda, a ver si os creéis que la Mayor Epopeya que Vieron los Siglos se escribe en dos patás)
(¡Ups! ¿He dicho la Mayor Epopeya que Vieron los Siglos? Quería decir el Viaje del Caos que Recuerdo Reguleramente. A ver si nos vamos a crear expectativas demasiado altas…)

lunes, 5 de agosto de 2013

Y YO CAÍ, ENAMORADO DE LA MODA JUVENIL



Querida familia y espectadores todos: lo sé, hoy voy disfrazada.

Más de lo normal, quiero decir.

Os recuerdo que soy plenamente consciente de ello y me la refanfinfla (esta es la palabra hábilmente eludida por la cajera en episodios anteriores de esta misma temporada). Pero he de reconocer que esta mañana cuando salí de casa a horas intempestivas venía reflexionando por el camino sobre mi atuendo. La falta de sueño es lo que tiene.

Esto es: pantalón efecto culocaído (único ejemplar que me cabe sin apreturas, actualmente) con los bolsillos repletos a más no poder, lo que acentúa el susodicho efecto, todo ello al más puro estilo “alforjas del tío Leoncio” (la Maestra dixit); camiseta de tirantes, barriguera (por algún motivo pensé que me disimularía la barriga, siendo todo lo contrario); maxi colgante de metal plateado modelo lechuza articulada (Eminen palidecería de envidia); macroanillo de mercado verdulero (¿existe otra bisutería?) con cabujón de gema facetada elaborada en el más delicado… plástico (nota al margen: mi capacidad para teclear a toda mecha adobada con uno o más anillos inconmensurables aún no ha sido medida por la ciencia, y soy consciente de que en la Ofi me miran raro y murmuran por lo bajinis); gorra de visera achatada, con forro pseudoleopardado en blanco y negro venido a menos (el mes pasado me llamaron Che Guevara: debió servirme de aviso, pero hice el caso más omiso que me fue posible); pelo enmarañado y trabado de cualquier manera con una pinza (¿he mencionado que me puse las puntas del pelo rojas? “Como Brave”. Gracias Vaiolet); gafas de sol pseudoespejiles y maxibolso zarrapastroso (rabiad, itgirls del mundo mundial, que se me da una higa de vuestras renovadas tendencias).

 
Poco me falta

Todo rigurosamente a juego, of course, que una puede ir caracterizada de lo que fuera o fuese, y se provee en los mercadillos callejeros más exclusivos, sección tres por uno, pero que haga pendant, por amor de Dior.

¿Que de qué voy disfrazada? Pues de rapero-filósofo, obviamente. Hará furor los próximos carnavales.

Asín que de tal guisa me hallo, y como es propio de mi atuendo me ha dado por pensar, pensar cuánto y cómo se ha trocado mi naturaleza originaria.

Yo era tímida. Sí estimado público, suena inverosímil, pero es así. Es más. No es que fuera tímida. Es que estaba enferma, prácticamente inmovilizada por el retraimiento más atroz y sañudo.
¿Que no? Pues vayan un par de ejemplos:

Evitaba habitualmente pasar por delante de una parada de autobús con gente esperando, porque dicha gente, que obviamente no tenía nada más que hacer que mirar a los viandantes (si, futuros hijos míos, hubo una época sin Internet en los móviles, e incluso sin móviles, quién lo pudiera imaginar), dicha gente digo, me miraría a mí, a la sazón viandante como la que más.

No era capaz de quitarme la chaqueta en una sala con varias personas: antes que llamar la atención sobre mi persona, prefería morir de asfixia y deshidratación. Recuerdo particularmente un caso en julio, habitación cerrada y 40 grados a la sombra. Chaqueta de lana manga larga cerrada al cuello.

Así que sí, parecía una trastornada, maldita timidez.

Y no, la verdadera timidez no es encantadora. La timidez encantadora es mayormente treta y fingimiento. La verdadera timidez es el agarrotamiento y la nada juntamente.

 
Timidez encantadora: y una leche

Auténtico sino del tímido auténtico


Poco a poco se fue abriendo en mi perturbada mente adolescente la conciencia de que había de reducir el umbral de retraimiento, so pena de una vida entera sumida en la cotidiana poquedad, el empacho endémico y el desaliento crónico (quizás lo formulé con otras palabras). Para que luego digan que las adolescentes no tienen nada de provecho en la cabeza. Así que yo misma, con mi mismo mecanismo y las pocas entendederas que me venían de serie, me impuse una serie de ejercicios a realizar. Tales como entrar en una tienda y pedir que me sacaran un par de cosas (sin comprar luego nada de nada, se entiende), o pasar trotando airosamente ante las hordas prestas a asaltar el transporte público. Los recados que me encomendaba mi madre ayudaron mucho en este cometido: esas esperas, en salas de espera llenas de gente esperando todo lo esperable y por esperar, que no tenían nada que hacer nada más que mirar a los demás esperantes; esas gestiones ventanilleras, solicitando lo que tocaba, o lo que no se sabía si tocaba o no, o lo que estoy casi segura de que no toca, pero aquí me han mandado; esa diversidad nomequedaotra en la uniformidad uniforme de un mundo uniformemente uniformado…Y funcionó. No se confundan, seguí siendo tímida, pero al menos no me quedaba petrificada cual bíblica estatua de sal.


Vaya si funcionó. Quizás se me fue la mano. Me dí cuenta de golpe y porrazo un día, muchos años después. La escena fue así: me hallo (estado Palas Atenea) en una cafetería, subida en la silla, cantando, rodeada de mis amigos, que me observan atónitos. (En mi defensa he de decir que lo hice para ilustrar cuán grotescas me resultan las pelis musicales, en las que los personajes pasan de la conversación a la canción en cualquier contexto y sin solución de continuidad).




Futuros hijos míos:

1.- Si sois vergonzosos las vais a pasar canutas yendo con vuestra madre por la calle. Eso sí, se os va a curar la vergüenza. A hachazos, pero se os va a curar.

2.- Vuestra madre tiene remedios de psicología de kiosko para casi todo. Probeticos míos.